jueves, 22 de septiembre de 2011

Amaia y Ainhoa

Mi prima Amaia de nueve años y yo estábamos sentadas cada una en un sofá de casa. Estábamos en silencio absoluto, no había tele, ni música, nada. Estábamos sentadas sobre uno de esos silencios compartidos maravillosos, impensables para cualquier otro niño de nueve años. Ella es como yo. Ella es como yo. Es una preamante de las miradas y amante ya de los silencios. Ama encarecidamente la literatura. Lee con la misma voracidad con la que leo yo. Lee cada día, siempre hay historias leídas e inventadas en su cabeza.

Como decía, estábamos compartiendo ese maravilloso momento de comunicación total en silencio, cuando de pronto me miró y me preguntó: "¿Cómo sería?". No comprendí. Al leer mi incomprensión en la mirada, matizó: "el ladrón de ladrillos. ¿Cómo sería?". Intenté por todos los medios reprimir mis lágrimas de felicidad cuando comprendí que mi prima Amaia de nueve años, estaba hablando conmigo sobre el protagonista de El ladrón de ladrillos de Fernando Aramburu. Hablamos durante largo rato de los ladrillos, de lo alto que los pueblerinos ayudaron a subir a nuestro extraterrestre, de lo divertido que sería participar en una empresa similar. Hablamos de literatura. Siempre hablamos de literatura, pero por vez primera, elogiábamos al mismo autor, al mismo escritor, y lo hacíamos con sinceridad y disfrute. Compartimos la literatura de Fernando Aramburu y pocas veces me he sentido tan orgullosa.

Mi prima Ainhoa, servicial donde las haya, procura a cada momento que todo el que le rodea esté feliz, cómodo y siempre está dispuesta a darlo todo para que así sea. Amante también de las letras, sobre todo las escritas por Geronimo Stilton, cuando se acuesta y cree que nadie la observa ni le presta atención, enciende su lucecita individual (para no molestar a su hermana guindilla que para entonces duerme profundamente con cara de ángel) y lee, lee, lee hasta quedarse dormida con el libro en los brazos. A la mañana siguiente se despierta de la misma manera, sin haberse movido un ápice y tras desayunar, aprovecha los minutos que le quedan antes de ir a la Ikastola para continuar leyendo. Amo a mis niñas. Las amo desde que percibí por primera vez, sus pataditas en el vientre de su madre.

Comparto con ellas tantas cosas... hemos tocado juntas el claro de Luna de Beethoven, lo hemos hecho, lo hemos hecho. Han aprendido a tocar el piano conmigo y lo disfrutan, tocan cuando yo estoy y cuando no estoy, son respetuosas con mi piano, con el teclado que les regalé, acarician la guitarra deseosas de poder sacarle un bueno sonido y cantar una canción, se inventan melodías, tararean la canción de "el marido de la peluquera" de Pedro Guerra que tantas veces me han oído cantar y tocar con la guitarra. "Qué bonita es esa canción, Oihana" me dice mi prima Amaia asomándose por la puerta cuando me ve con la guitarra, con tanto tacto y tan dulcemente para no molestar ni romper el encanto de la música... las amo más que a nada.

Estoy orgullosa de mis niñas. De las dos. Son inteligentes, bondadosas, amantes de la música, de las letras, detallistas, hermosas, trabajadoras, perseverantes. Siendo entre sí tan diferentes, comparten todas estas maravillas, como comparten el día de su nacimiento. Las quiero con locura.


Finados

Lo bueno de los artistas que mueren, es que si no te decepcionaron con su música en vida, ya no podrán hacerlo. Cuando se está vivo se cometen tantas estupideces.

Cada vez escribo tonterías mayores. Me estoy superando a mí misma.

Todo va bien.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Capacidades perdidas

La demencia. Ay, la demencia a veces tan humillante, que permite vigilar el fiordo de Noruega desde un psiquiátrico. Esa demencia que esconde la magia de viajar sin mover un músculo. Definitivamente, estoy asquerosamente cuerda (gracias a Dios) y mi imaginación cría malvas desde que tengo uso de razón. ¿Dónde quedaron mis conversaciones con Charlot?

A veces sueño, literalmente, único modo de soñar que conocía y supongo sigue conociendo, Vorace, que por la noche alzo los brazos y dibujo utilizando solo la yema de mis dedos, cielos mágicos de aurora boreal, como en una caja de arena.

Ya sé cuál es mi problema: tengo la sensibilidad enfermiza de un poeta y la capacidad de crear arte de un orangután.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

No aprendo

Soy de lo que no hay.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Y se murió

Un día, una relación que duró 8 años dijo para sí: "eres un bueno momento para morirme".

Quiero quiero...

No es que quiera ser como Ícaro, quiero ser como Ícaro justo antes de caer.

No sabes de ná, vente con la mama

Hay gente que no sabe de ortografía y hay gente que no sabe reconocer en la mirada ajena la necesidad de un abrazo. Ni qué decir tiene que el segundo enunciado es mil veces más preocupante que el primero.

Sigo leyendo Diario de un hombre pálido de Gracia Armendáriz.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Cosas que no me gustan

Me gustaría decirle a la RAE que no me gusta escribir la palabra "solo" sin tilde, porque me confunde, como a algunos les confunde la noche.

Hablando de la noche y de confundir, menudo garrotazo se metió anoche un compañero de esta compañía circense que habito. La madre que lo parió.

mi vida es poco surrealista

Podría, si quisiera, contar mi vida entera y mi sentir valiéndome de citas de poetas, porque todo está ya escrito, todo está ya asquerosamente inventado excepto en el surrealismo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Camino de Santiago

Escribo bajo los efectos de una resaca atroz. Puede salir cualquier cosa. Tenía muchas cosas pensadas, muchas introducciones para esta entrada que tratará sobre el Camino de Santiago, mi Camino de Santiago, pero mi resaca no me permite recordarlas.

Antes de ir, escribí esto en la libretita que llevo en el bolso: "me voy de peregrinaje. Iba a llevarme a Borges pero he decidido finalmente, no hacerlo, porque mi objetivo es socializarme y Borges me quiere para él solito. Estos escritores son de un acaparador..."

Un día antes de ir, decidí que no iba a forzar las cosas. Si no quería socializarme, ¿por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a desperdiciar unas horas de lectura exquisita por tener un par de conversaciones banales? Por esto, me llevé a Kundera y su insoportable levedad del ser. Con este architítulo en la mochila, nadie se atrevería a acercarse a mí, menos a hablarme del tiempo, ampollas, etc.

Recorría mis kilómetros cada mañana y leía por la tarde. A diferencia de lo que pensé en un primer momento, tuve tiempo para socializarme entre lectura y lectura. Fue divertido hablar del tiempo y ampollas pero también lo fue encontrar gente que supiera hablar de libros.

Cuando caminaba por la mañana, disfrutaba del paisaje, pensaba en kilómetros, en kilos, músculos, en la palabra "herrumbra" del poema de Borges, en Casanova y su "montaña de aguardiente y tarde rojiza", en "eres un buen momento para morirme", en Kundera y su "la tristeza es la forma, la felicidad, el contenido", en que todo está escrito pero puede hacerse de tantas maneras, en la maravillosa levedad del ser, en la insoportable levedad del ser, en la muerte, en las historias enterradas bajo las lápidas funerarias de los pequeños cementerios de los pueblos perdidos del camino, en la vida, en la muerte, en la muerte en vida, en la vida después de la muerte, en Dios, en la Fé, en mi odio por la iglesia, en las historias de mis amigas enterradas, en la vida de algunas personas incineradas, en mí, en mis lágrimas, en el amor, en el adulterio, en la asiduidad del adulterio en las novelas (Kundera, Yates, etc) y en la asiduidad del adulterio en la vida real, en el adulterio en mi vida, en la diferenciación entre sexo y amor, cuerpo y alma, en lo innecesario de ser un experto en lances amatorios cuando se saben conjugar los verbos, en Berlín, en Italia, en aquel señor de Ávila de 59 años que me encontraba a cada etapa con voz de bajo solista al que aprecié desde el primer momento, en la depresión, en la manipulación de la mente de cada uno, en Paolo Buonvino, en Jenkins, en el Salve Regina de Poulenc, en el Vivo per lei interpretado por Bocceli, en Erika Miklosa, en Witney Houston, en cadencias perfectas de composiciones musicales, en Irena Sendler, en Charlott y un sueño reitarado que tenía con él en mi infancia, en "fuenteovejuna lo hizo" de Lope, en "pecado de mis labios" de Shakespeare, en Murakami y sus universos paralelos, en el silencio de las estrellas a las 6 de la mañana, en una higuera y un feto, en Leonard Cohen, en la letra que unos niños de Leitza le escribieron a una niña que pasó a formar parte de las música de las esferas, en esa letra acompañada de la melodía del Aleluya de Cohen y un piano de cola, de mi imagen dentro de las gotas que rompen contra la porcelana del lavabo que escribió el Zoki, en mis niñas, en mi hermano Kenneth, en mi hermana Nahikari, en mi hermano Jon, en mi sentimiento de hija única, en mi permanente insatisfacción, en "que abril se torna oscuro, que no encuentro al verano su abundancia, que encuentro ya divina mi tristeza" de J.R. Jiménez, en "vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas las cosas" de Machado (Antonio), en Silvio cantando "ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta, ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos. En todas las visiones. Ojalá que no pueda, tocarte ni en canciones", en Ratón y mi enorme parecido con Clara, y con la Maga de Rayuela, y con Débora de Vorace, en el dolor físico, en el cansancio mental, en Neurología y neurociencia cognitiva.

Todo eso, por la mañana.

Llegaba al albergue, me duchaba, comía, agarraba mi i-touch, me llevaba a Buonvino a dar un rodeo por un pueblo casi siempre desierto y llorábamos juntos. Me derrumbaba, lloraba, me sentía tristemente feliz, felizmente triste, todo era tan bello que daba miedo, daba miedo el cáncer, daba miedo cualquier enfermedad que pudiera arrebatarme mi divina tristeza de vivir, no quería morir y volvía a acordarme de Casanova por un lado, y de Vorace por otro. Pensaba en lo insignificantes que somos, en lo manipulables y rompibles que somos los seres humanos.

Volvía al albergue. Caía rendida, dormía, leía, volvía a dormir, volvía a leer. Hablaba con los demás, reía, sonreía, miraba, disfrutaba, recordaba el "es muss sein" de Beethoven para poder continuar los kilómetros del día siguiente.

A cenar, a dormir. Al día siguiente, caminaba por la mañana, disfrutaba del paisaje, pensaba en kilómetros, en kilos, músculos, en la palabra "herrumbra" del poema de Borges, en Casanova y su "montaña de aguardiente y tarde rojiza", en "eres un buen momento para morirme", en Kundera y su "la tristeza es la forma, la felicidad, el contenido", en que todo está escrito pero puede hacerse de tantas maneras, en la maravillosa levedad del ser, en la insoportable levedad del ser...

Así cada día, hasta Burgos.

Volveré, porque tuve que retornar a casa en pleno proceso de aprendizaje.

jueves, 1 de septiembre de 2011

De visita

Yo no puedo comer bombones en el cementerio.

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Está usted leyendo Diario de un hombre pálido de Juan Gracia Armendáriz.