lunes, 25 de julio de 2011

No todo está perdido

Cuando alguien hace un viaje es frecuente dar por hecho que su objetivo era el de visitar nuevos lugares. La primera pregunta suele ser ¿adónde vas? Y muy pocas veces ¿cuál es la finalidad de tu viaje? En mi caso, la segunda pregunta es de una importancia suprema.

Sinceramente, poco me importan los lugares a los que voy. No soy muy aficionada a la arquitectura aunque reconozco que me encantaría saber más. No soy amante de las ciudades, o pueblos, o montañas, o mares. No es lo que busco en un viaje.

Cuando viajo tengo rituales. Tras llegar al hostal, dejo mis cosas, cojo el bolso con las gafas de sol, botellín de agua y Nolotiles y salgo a callejear. Callejeo hasta que el sol amenaza con esconderse o hasta encontrar una plaza, un banco de piedra, un edificio que tomaré como referencia el resto de mi estancia allí. Ése. Ése es el momento. Me siento, miro alrededor, huelo, cierro los ojos, escucho, toco y hago todo tipo de cursiladas que las soñadoras ñoñas hacemos cuando nos sentimos bien, cuando nos sentimos por primera vez en mucho tiempo, como en casa.

Tardo un par de días en sacar el mapa por vez primera y un par más en sacar un libro. Ninguneo, sonrío, amedrento, hablo, callo, canto, salto… me convierto en un estampado variopinto y sólo (ahora va sin tilde, ¿no es cierto?) pienso en mí, en mis sentires y analizo mis comportamientos en diversas situaciones. También pienso en las personas que me rodean, en lo que me aportan y en por qué sigo cerca de ellas cuando no me aportan nada.

Otro de los rituales es el de no decir adónde voy hasta que ya he vuelto. De este modo me siento más libre, sin presiones, me siento ignorada, siento que si nadie sabe dónde estoy, nadie podrá quitarme el aire para respirar. Y creedme, gamusinillos, que se respira mejor.

Mis viajes tienen una duración de dos o tres semanas e intento comprender mi carácter, limar asperezas, este tipo de cosas para evolucionar, que es en definitiva, a lo que aspiro en la vida junto a la felicidad. Tengo mucho que aprender, pero me gusta el camino que he escogido.

Sin la Internet, sin la música, es más fácil pensar. Poco a poco voy desprendiéndome de mi carga y soy cada vez menos acémila. Oh, qué maravilla. Es entonces y sólo entonces cuando empiezo a disfrutar de lo que me rodea al tiempo que recuerdo versos como “Oh, tardes merecidas por la pena” o “aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido”.

En definitiva, mis viajes sirven para pensar, mejorar, leer, disfrutar, blam, blam, blam. Pero esta vez ha habido algo más. Ha habido mucho más. He conocido a dos chicas, una de ellas espectacular. Alquilamos un coche y nos fuimos de ruta turística a visitar los alrededores. Reitero que no son los lugares lo que me atrae de los viajes sino lo que éstos me aportan. En este caso, esos lugares me regalaron las conversaciones más interesantes de mi vida, silencios compartidos con alguien que a pesar de haber conocido horas atrás, parecía llevar conmigo toda la vida.

Me he socializado. Pero no sólo eso. He compartido mi tiempo, mis conocimientos y ella compartió todas sus experiencias conmigo. Nos regalamos miradas y sonrisas cómplices. Sentí que yo ere el reflejo de su espejo y ella era el reflejo del mío. Pero haciendo mías las palabras de Ende en La Historia Interminable diré que “ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”.

Querida compañera:

¿Incomprendidas? Sí.

¿Aburridas? Ni modo.



1 comentario:

  1. Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.
    (Frank Clark
    Hay en el mundo un lenguaje que todos comprenden: es el lenguaje del entusiasmo, de las cosas hechas con amor y con voluntad, en busca de aquello que se desea o en lo que se cree.
    (Paulo Coelho)
    La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.
    (Paulo Coelho

    desde mi mirada....beso tko

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Alados compañeros, vuestro fresco soplo me ayudará a alcanzar el más alto vuelo al que una mariposa puede aspirar.
Dejadme una palabra de aliento, aunque solo sea un soplido.
Y si algo no es de vuestro agrado, naturalmente, también se puede criticar!