martes, 19 de octubre de 2010

Me llamo Axón

Hola, hola, hola, vivo dentro de un macrocéfalo, céfalo, céfalo...

sábado, 16 de octubre de 2010

te necesito


Oh, amado mío. Qué necesitad tengo de ti. cuando te olvido por unas semanas y voy sintiendo ese vacío inconfundible... corro a buscarte, pues bien sé que eres tú quien me falta. Oh, Paolo, a ti te debo mis llantos, mis catarsis. A ti debo mis escalofríos, mis pelos de punta, mis respiraciones profundas y sonrisas ante un acorde tras otro en forma de cadencias perfectas de muerte. Te debo tanto, Buonvino, te debo tanto, que me niego a conocer toda tu obra por que no llegue el día en que ya, erudita tuya, no me quede nada más por querer conocer... Nunca dejes de componer, hombre de bandas sonoras, hombre de cuerdas, hombre de arte.

Vacía.

Soy muy grande, de cuerpo digo, muy grande, tan grande que no me lleno con nada, de nada. El otro día respiré hondo e inhalé aire junto con un batiscafo que viajo por todas mis entrañas y se perdió en la inmensidad del vacío y oscuridad. ¿Hay alguien ahí? ahí, ahí, ahí...

martes, 12 de octubre de 2010

Existencias baladíes

En uno de los relatos que recoge NO SER NO DUELE de Fernando Aramburu, una chica está a punto de caer por un precipicio. Es hermosa, huele a flores y tiene una mirada llena de vida. El hombre que está con ella, intenta salvarla agarrándola con todas sus fuerzas y gritando como nunca, con la esperanza de que su voz alcance el oído de algún buen samaritano. "qué injusta es a veces la vida" se repite una y otra vez, mientras compara la vitalidad de la muchacha con sus sesenta años mal llevados. Finalmente, exhausto por el esfuerzo, siendo consciente de la inapelable tragedia, dice mirándola fijamente: "qué injusta es a veces la vida" dejándola caer.

Este relato me sugirió una pregunta de la que aún no hallé respuesta. ¿Hubiera sido menos trágica la muerte del viejo en la misma situación? ¿Qué me obliga la ética a responder en este caso? ¿Acaso no es también legítima la vida de ese señor?

Intentemos responder al típico problema moral planteado: un tren y la bifurcación de las vías. El tren cogerá el camino de la izquierda en el que atropellará a una familia compuesta por madre, padre niño caminando y niño en silleta. Pero tú, que pasas por ahí, tienes la opción de con la palanca, hacer que el tren coja los raíles diestros por los que pasa un ancianito con la experiencia vital escrita en sus arrugas. Y ahora viene lo bueno ¿qué harías ante tal situación?
- ¿Quién soy yo para matar a quien la muerte no llamó a su puerta? - Sería mi respuesta.
Tal vez algún lector responda que salvaría 4 vidas aunque tuviera que sacrificar otra. Cuál es la respuesta correcta: ninguna. O tal vez las dos. Quién sabe.

La muerte es algo malo, eso nos enseñan. Sin embargo, cuando alguien fallece tras haber estado convaleciente en el hospital sufriendo el dolor mortal de alguna mortífera enfermedad, es habitual escuchar: es mejor así, ha dejado de sufrir. ¿Y quiénes somos nosotros para proferir tal afirmación? ¿Acaso le preguntamos al agonizante qué es lo que él escogería en caso que pudiera? No queremos oír hablar de la dama de capa negra, pero la llamamos con desasosiego cuando a nuestro parecer alguien sufre tanto en vida que es mejor que se le lleve la muerte.

Con respuestas y pensamientos tan ambiguos y contradictorios en derredor de la guadaña, llego a la conclusión de que no sabemos cómo afrontar dicho tema.

Volviendo al hilo, creo firmemente que todo el mundo tiene el mismo derecho a vivir. El niño que con 5 años va cada día a la plaza a jugar con sus amigos, el recién nacido tan deseado. Incluso el borracho que tras 5 infartos aún sigue haciendo la ronda con su cuadrilla de txikiteros. Sí, definitivamente todos tenemos el mismo derecho a vivir, sea cual sea la vida que hayamos elegido, sea cual sea el tiempo que nos quede.

Pero luego ocurren cosas tan horribles, tan injustas, tan fatales como que tu amiga apenas mayor de edad muera en un accidente con vida en su vientre. Es entonces cuando coincidiendo en un bar miro con resentimiento a los viejos ebrios desagradecidos y pienso en "qué injusta es a veces la vida".


sábado, 9 de octubre de 2010

LXXVII

Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos:
eso no es corazón... es una máquina
que al compás que se mueve hace rüido.

Bécquer

jueves, 7 de octubre de 2010

Y así me muero, sepultada en el otoño


Siento un vértigo y caigo. pumba. silencio. Creo que estoy muerta. A, no. Aun respiro. Ante la escena vista desde la perspectiva errónea de 90 grados, nace en mi corazón o cabeza o cerebro o alma un réquiem. Mientras tanto, tejen mi mortaja las hojas recién caídas de los árboles ensangrentados, y el viento marca el tempo de mi interna canción de muerte. shhhhhhhhhhh, shhhhhhhhhhhhhh...